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Parque Nacional Tierra de Fuego.

por Sr. Pirulo

Ya habíamos navegado por el canal de Beagle y ahora queríamos caminar por el Parque Nacional Tierra de Fuego.

Hay un bus que se adentra en el parque nacional por una carretera de ripio y te da la posibilidad de bajarte en tres lugares diferentes según el recorrido que quieras hacer. Nosotros escogimos el que nos permitía caminar costeando hasta llegar al Fin del Mundo, donde termina la R3, la carretera que atraviesa el continente americano, después de aquí ya no hay más carreteras.

Nada más bajarnos del bus en la bahía Ensenada Zaratiegui nos encontramos una casita muy coqueta donde estaba el cartero del Fin del Mundo. ¿Quién se encuentra una oficina de correos en un lugar así y no hecha una postal al buzón?

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No es un trekking duro pero si hay que dedicarle unas cuantas horas. La belleza del paisaje es total. La combinación de mar, montaña y bosque es realmente espectacular. El viento aquí forma parte del paisaje y es tan fuerte que abundan los árboles partidos por todas partes. Unos árboles caen encima de otros o simplemente crecen juntos debido a que el viento los va doblando. El sonido que produce el roce de las maderas mezclado con el de las potentes ráfagas de viento le dan un toque muy particular a este sitio. ¡Este lugar te habla!

Durante el recorrido hay momentos en el que te alejas de la costa y sales de la zona más boscosa para cruzar ríos y bordear lagos, volviendo de nuevo otra vez al bosque. Hay varios caminos o senderos por la zona, pero todos tienen un mismo punto de destino, es el lugar a donde todos quieren llegar, ya sea de una forma o de otra. Gente en taxis, en colectivos, muchas motos y unos cuantos locos caminando, pero el final del camino es el mismo para todos. Este es el lugar más austral, no se puede seguir avanzando. Allí, al fondo, en el horizonte, ya no hay nada más.

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Nosotros llegamos muy tarde porque nos encanta parar por todas partes, todo nos llama la atención, y la gente ya se estaba marchando. Allí estábamos los dos, resguardados del frío, sólo con la compañía de los simpáticos gansos de la Patagonia. El pequeño Puerto Arenas a la espera de algún atraque, la bahía en silencio esperando la puesta de sol, en medio un velero custodiando historias de viajeros intrépidos y nosotros siendo testigos mudos del mayor espectáculo del mundo, la pachamama.

No sé cómo, ni cuando, ni tan siquiera si será en esta vida, pero este lugar me ha robado un trozo de mi alma y tengo que volver a buscarlo.

Sigo…

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