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Niño Ciego.

por Sr. Pirulo

– ¿Has visto esas nubes?
– No, no las he visto.
– Pues mira, mira que nubes más increíbles.
– Pues no, no las veo.
– Pero quieres mirar, ¿Cómo no las vas a ver?
– Pues por mucho que miro y miro, no veo, no veo nada.
– Pero cómo no vas a ver si miras. No me lo explico.
– Igual soy ciego.
– Venga ya, ¿eres ciego? ¿Un niño ciego? Yo creía que solo los mayores podían ser ciegos.
– Que va, que va. Los niños también podemos ser ciegos.
– ¿Y no ves nada?
– Nada de nada.

Paula y Gabriel iban sentados juntos en un avión que hacia el trayecto Sevilla-Santiago de Compostela. Tenían, por aquel entonces, ocho años y viajaban cada uno con sus respectivas familias a Galicia.
Paula no había dejado de mirar por la ventanilla desde que se montó en el avión, estaba aluciando con todo lo que estaba pasando.
Primero el avión despacito, como en un coche, pero con alas.
Después muy muy rápido con su pequeño cuerpecito hundido en el asiento y luego… a despegar. Y el estómago como en la noria. Que sensación. Como se hacía todo cada vez más pequeño.
Aquello mismo es lo que tenía que sentir Peter Pan, estaba segura.
No fue hasta que el avión llegó a la altura de las nubes cuando Paula sintió la necesidad de compartir aquello que estaba viendo con el niño que tenía al lado, pero tan grande había sido su excitación que ni siquiera se había dado cuenta de que era un niño ciego, tampoco sabía que la niños también podían ser ciegos. Después de las oportunas presentaciones Paula se atrevió a preguntarle a Gabriel.

– ¿Y por qué eres ciego?
– No sé, siempre he sido ciego.
– ¿Desde pequeño?
– Desde que nací.
– ¿Entonces no sabes cómo son las cosas?
– Me las imagino.
– ¿Sin verlas?
– Si, sin verlas
– A ver… ¿Cómo es una mesa?
– Uff. Pues las hay de muchos tamaños y formas. Pequeñas y grandes, redondas y cuadradas. Yo las toco con mis manos y es como si las viera pero sin verlas.
– Claro, con las manos. Yo a veces adivino un regalo sin abrirlo solo con tocarlo.
– Mi problema son los colores, Paula. No sé cómo son los colores. No me puedo imaginar cómo es el rojo, el azul o el verde.
– Claro, los colores no se pueden tocar.
– No, no se puede.
– Pues los colores son muy bonitos Gabriel. A mí me gusta mucho colorear.
– Y a mí, pero siempre me salgo de la raya cuando lo intento.

Los dos rieron un rato y ya sintieron que serían amigos para siempre.

– Yo te diré como son los colores.
– ¿Si? Harías eso por mi Paula? Los mayores lo han intentado muchas veces pero lo hacen fatal.
– Di un color.
– El azul.
– Déjame pensar. El azul es el color del cielo y del mar. Cuando respires y el aire lo sientas claro, fresco y limpio, eso es azul. Cuando vayas a la playa y oigas al mar tranquilo, eso también es azul. Si sientes que alguien tiene una mirada especial, es porque tiene los ojos azules. El azul es un color tranquilo, eso es, un color tranquilo.
– Y el rojo, ¿Cómo es el rojo?

Paula pensó un instante, se quitó su pequeño pendiente y le pinchó un dedo haciéndole sangre.

– Ay, pero que haces?
– Corre chúpate el dedo Gabriel.
– Mmmm. Me has hecho sangre.
– Pues eso es el rojo. El sabor de la sangre es el rojo. Y el fuego también es rojo y está caliente como la sangre. Aunque el fuego está más caliente pero porque es un rojo más fuerte.
– Parece como si en mi mente aparecieran los colores. Que bien lo explicas Paula.
– El verde, continuaba Paula sin parar de pensar en colores, el verde es el color de la primavera. Ese es muy fácil, cuando notes que pasa el frio y el aire se vuelve cálido es que ha pasado el invierno y llega la primavera. Entonces el cielo esta azul y la tierra verde. El verde es la vida, cuando la naturaleza está viva esta verde. Los olores Gabriel, los olores son verdes.
– Oye Paula. Y como son las nubes?
– Las nubes son blancas. Blancas como el algodón. El algodón son las nubes del portal de Belén. Es el color de la luz. Es como si no hubiera colores pero a la vez pudieran estar todos juntos. Cuando quiero colorear cojo un papel blanco y lo lleno de colores. Sin el blanco no podríamos colorear. Es un color muy especial pero también es el color de cuando estamos enfermos. Cuando estamos enfermos y tienes fiebre todo es blanco. Estamos malitos y la vida no tiene color. Y cuando nos estamos poniendo buenos el color es el rosa, que es la mezcla del rojo de la sangre y del blanco.

Los dos se quedaron dormidos en el avión hablando de colores y más colores y los dos soñaron con el arcoíris.
Cuando se despertaron el avión ya había aterrizado y todo el mundo estaba de pie en el pasillo. Sus padres los reclamaban.

– Vamos, vamos que tenemos que seguir viaje.

Los dos se despidieron con una mirada pero antes de alejarse el uno del otro Gabriel le preguntó a Paula.

– ¿Y el negro Paula? ¿Cómo es el negro?
– El negro no existe para ti. Tú ya sabes cómo son los colores.

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