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Publicado el 10 Oct, 2017 el Viajes | 0 comentarios

New Delhi

New Delhi

Delhi nos recibió con una eterna cola de más de una hora para pasar inmigración. Nuestro próximo vuelo con destino a Bengalure comenzaba a peligrar. ¿Nos daría tiempo de cogerlo?

Cuando conseguimos llegar a las cintas para recoger nuestras mochilas y comprobar que estas estaban en algún otro lugar del mundo, fuimos conscientes de que la mañana, eran cerca de las 05:00 horas, comenzaba a complicarse.

Todo es lento en la India, primera lección aprendida. Reclamar nuestro equipaje, rellenar los formularios y enterarnos de “algo”, fue cerca de una hora.

Salimos corriendo en busca de nuestro siguiente vuelo por si existía todavía alguna posibilidad. Entre que nos orientamos y buscábamos la forma de cambiar de terminal, el reloj, incansable, seguía poniendo las manecillas del tiempo en nuestra contra.

Tengo grabada en mi piel la sensación a calor húmedo, como cuando abres el lavavajillas recién terminado el lavado, al salir del aeropuerto de Delhi para coger el bus que nos llevaría al terminal 1D. Cuando llegamos, nuestro vuelo aún estaba boarding, pero no nos hacía el check-in.

Sin maletas y sin vuelo.

Con nostros llevamos siempre una pequeña mochila cada uno con lo más importante, además de una muda y una camiseta por el por si acaso. Pues estábamos en el por si acaso.

¿Qué hacemos? Las mochilas nos decían que llegarían a las 00:00 horas, luego al días siguente y/o tal vez nunca llegarían.

Seguir o esperar. Con o sin mochilas.

Decidimos seguir sin mochilas y comprar un nuevo billete para Bengalure que salía en un par de horas con la compañía IndiGo. Nuestro presupuesto, nada más llegar, empezaba a tambalearse, pero ya reclamaríamos a aeroflot estos billetes. (En ello estamos todavía un mes después y nadie se hace responsable, tú mismo)

Tras llegar a Bengalure cogimos un taxi y tras una hora por un tráfico caótico y mientras Irene dormía, llegamos a nuestro destino. Habíamos venido a ver una amiga que conocimos hacía cerca de dos años en Berlín. Ella y su marido nos acogerían unos días en su casa.

Estabamos en India e íbamos a vivir con un matrimonio indio en su casa.

Llegar a su casa fue una odisea de callejuelas todas iguales en las que el taxista no se aclaraba ni tan siquiera hablando por teléfono con nuestra amiga. Entre el agotamiento y el hambre comencé a pensar que todo esto era una broma pesada del dios Shiva.

Lo único bonito de aquel día fue volver a ver a Saumnya y conocer a su marido Nitin, un tío fantástico, de esas personas que te encanta concocer. Nitin es la prueba viva de que los gitanos andaluces vienen de la India. No se puede ser más flamenco que él.

El resto de nuestro primer día de verdad en la India, todo lo anterior está dentro de la nebulosa del viaje, lo dedicamos a hacer gestiones para recuperar nuestras mochilas. Llamadas a los aeropuertos, e-mails a la compañía aérea y a la empresa de embalaje del mismo que contratamos en Barcelona y un análisis exhaustivo del PIR (Parte de Irregularidad de Equipajes) ya que era un jeroglífico indescifrable lo que nos habían rellenado en el aeropuerto de New Delhi.

Aquella noche, nuestros anfitriones nos invitaron a cenar en un agradable lugar y fue entonces cuando conectamos  con la India, con sus gentes, con su gastronomía y con sus ruidosas calles y olores.

Ahora sí, comienza el viaje y quiero que me acompañes.

Sigo…

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