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Publicado el 27 Jun, 2016 el Mis Cuentos | 2 comentarios

La historia de Coral

La historia de Coral

Me contaba mi abuelita Cachiporras cuentos que me hicieron crecer y crecer sin parar, rodeado de aventuras que otros vivieron y que a mi me hubieran gustado vivir. Fueron tantos los cuentos que me contaba mi abuelita, que de tanto y tanto contar, a mí los cuentos me hicieron engordar.

Fueron tantos los cuentos contados, que ahora para poder adelgazar, aquellos cuentos por el mundo entero yo tengo que contar. Es por eso que a contar cuentos contados por mi abuelita, desde hace ya más de diez, años me dedico por el mundo entero a contar y a contar.

Pero los cuentos de mi abuelita tenían una particularidad, no eran cuentos de princesas, ni de reyes, ni de príncipes azules, no había dragones, tampoco hombrecillos tristones, ni brujas, ni flautistas con ratones. No contaba historias de bellas doncellas que durmieron si parar, ni casitas de chocolates que nadie podía tragar. No había lobos que soplaran más que el viento de levante, ni cerditos juguetones, ni sastrecillos valientes. No había ni gigantes, ni niños como pulgares, ni caperuzas de colores, ni bestias que eran bellas, ni hadas, ni madrastras malvadas. Todos los cuentos que mi abuelita a mí me ha contado, trataban siempre, siempre sobre el mar.

Un día de verano en el que el sol no tenía ganas de salir y el cielo estaba lleno de nubes, nubes de todas las formas y colores, mi abuelita Cachiporras me llevo al mar.

Para mí el mar solo era agua, agua y más agua que encima no se podía beber. Aquella fue la primera vez que mi abuelita me contó un cuento, un cuento sobre el mar. Desde aquel mismo día, para mí el mar dejo de ser  agua y más agua que encima no se podía beber.

Y es que dentro del inmenso mar se guardan todas las historias que ya los abuelos y las abuelas, los papas y las mamas por culpa del progreso han dejado de contar. El mar es como un gran baúl donde se guardan todos los cuentos que en el mundo se han contado.

Hay algunos días, durante el año, que cuando  más furioso parece que esta el mar, no es que este enfadado, ni siquiera por un temporal, es que esta triste, pero triste de verdad, porque ya nadie va a sus orillas para contar y contar. Entonces el mar se levanta, grita y grita sin parar, y no es que este enfado, ni siquiera por un temporal. El lo que esta haciendo es contar y contar.

El problema es que vosotros no lo sabéis escuchar. Para escuchar al mar hay que tener las orejas muy, muy abiertas. Hay que respirar hondo, muy hondo y cuando ya no entra más aire en los pulmones, hay que gritar… ¡Cuéntame un cuento!

Coral era un arrecife que quería viajar. Pero coral siempre estaba quieto, quieto en el mismo lugar. Coral veía como salía el sol y luego la luna. Veía pasar pececillos de colores que no paraban felices de jugar. Veía pasar focas, cangrejos, caracolas, merluzas, acedías, atunes y hasta tiburones. Pero el siempre estaba en el mismo lugar. Un día empezó a preguntar a todos los que por delante de él pasaban que es lo que había más allá del arrecife.

Un día pasó una morena que dentro del arrecife se quería quedar. Una morena no es una niña guapa, no. Una morena es una “bicha”, una serpiente pero del mar.

– Hola morena, ¿Cómo estás?

– Pues aquí buscando en el arrecife donde me pueda quedar.

– Dime una cosa morena. ¿Qué es lo que hay más allá del arrecife? ¿Qué hay allí en medio del mar? ¿Se acaba el mar en algún sitio? ¿Hay algo más que mar y más mar?

La morena le respondió que hacia el norte sólo sabía que había mar, que nunca llegó tan lejos para saber si había algo más. Pero que hacia el sur estaba la playa.

– ¿La playa? Preguntó Coral. ¿Qué es eso de la playa y donde está?

– La playa es como un mar pero solo de arena, arena como la del fondo del mar pero que al contrario de esta que está mojada, la de la playa no lo está.

– ¿Y qué más, qué más?

– Al final de la playa se ven plantas y árboles que son como nuestras algas pero que viven fuera del mar.

– ¿Y qué más, qué más?

– No sé nada más, pero cuentan que hay peces que fuera del agua pueden respirar. Son como las sirenas, pero estos peces pueden caminar.

Y diciendo estas palabras la morena que ya estaba un poco cansada de tantas preguntas que le hacía Coral, se metió dentro de una cueva del arrecife y desapareció.

La cabeza de Coral no paraba de imaginar. Cuantas cosas había más allá del arrecife. Por un lado mar y más mar y por el otro la playa. Necesitaba saber más, así que espero a que pasara alguien para preguntarle que había más allá de su arrecife.

Y por las casualidades de la vida, pasó por allí paseando tranquilamente un tiburón, y aunque a la pequeña Coral le daba miedo de esa boca tan grande, con esos dientes tan afilados, no se puedo aguantar y le preguntó.

– Hola tiburón. ¿Cómo estás?

– Pues buscando algunos pececillos que me pueda tragar.

Que malo el tiburón, pensó Coral. Pero a pesar de que no le caía nada bien le preguntó, porque pensaba que un pez tan grande habría viajado muy, muy lejos y le podría contar que es lo que hay más allá.

– Dime tiburón, qué hay más allá, más allá del mar.

– Más allá del mar, pequeña Coral, hay otro mar.

– ¿Otro mar? Preguntó Coral.

– Si, otro mar. Y después de ese mar hay otro mar más poderoso que este, al que llaman océano. Ese mar es poderoso, muy poderoso, con olas de cien metros y tan profundo que nadie nunca ha llegado hasta lo más hondo y todo aquel que lo ha intentado, nunca ha vuelto para contarlo.

– La pequeña Coral estaba alucinado con lo que le estaba contando el tiburón. No podía creer lo que oían sus oídos. ¿Y de la playa, que sabes de la playa tiburón?

– De la playa no se nada. Cuanto mas cerca estés de la playa menos agua hay y una vez persiguiendo a un pez águila imperial, por muy poco me quedé atrancado en la arena. Así es que nunca más he vuelto a acercarme tanto como para saber que hay en la playa. Y mientras decía esto el gran tiburón se marchó corriendo detrás de un grupo de peces que por allí pasaba.

Bueno, bueno, bueno, pensó Coral. La playa, el océano, olas gigantes, peces que pueden caminar, algas que están fuera del agua… y estaba dándole vueltas a estas cosas cuando apareció por allí una enorme tortuga nadando placidamente.

– Ey tortuga, tortuga. Le grito Coral.

– Tranquilo muchacho, tranquilo. No grites tanto que te vas a estresar. Que vas a llenar todo el mar de burbujas.

– Ya, ya, ya, pero es que tengo que hacerte un pregunta muy, muy importante.

– A ver, a ver, ¿Cuál es esa pregunta tan importante que tienes que hacerme?

– Pues que me gustaría saber que hay en la playa y más allá y creo saber que tú sales de vez en cuando fuera del mar y te das un paseo por la tierra que hay ahí fuera.

– Pues sí, le dijo la tortuga. Cada vez que tengo que desovar, que poner mis huevos para poder tener a mis hijitos, lo tengo que hacer fuera del mar, por lo que me adentro en la playa por la noche y allí, entre las dunas de blanca arena, los entierro.

– ¿Y qué es lo que hay allí en la playa? ¿Qué cosas pudiste ver? ¿Qué hay más allá de la playa? ¿Hay algo más??

– Un año, de los mucho que he ido a la playa a poner mi huevos, cuando todavía era joven, quise ver que había al otro lado de las dunas de blanca arena.

– ¿Y que viste, que viste, que hay detras de las dunas de blanca arena?

– Anduve y anduve durante mucho tiempo, ya despuntaba un nuevo día, mi piel necesitaría muy pronto al agua del mar para que no me quedara seca como una uva pasa.

– Pero qué viste, dime qué viste, insistía Coral.

– Luces.

– ¿Luces?

– Sí, luces, muchas luces. Luces de todos los colores y tamaños. Había luces verdes, rojas, amarillas, azules y blancas. Luces blancas, tan blancas como el mismísimo sol.

– ¿Sólo luces?

– No, las luces estaban rodeadas de humos que salía de chimeneas que había por todas partes y de unas maquinas que iban de un lado para otro sin parar.

– ¿Y que más viste?

–  Nada más, no vi nada más. Me volví corriendo al mar antes de que el sol comenzara a calentar y me quedara sequita como una uva pasa, le dijo por ultimo la tortuga que ya se alejaba con su forma de nadar tranquila y pausada.

Se quedó pensando Coral en cuantas cosas desconocía que pasaban más allá de su arrecife, cuando de repente, apareció justo encima de donde él estaba una especie de gran concha que flotaba en el agua y de la que salió uno de esos peces que pueden caminar fuera del agua para sumergirse en las cristalinas aguas de su arrecife. Coral estaba sorprendido, además de caminar, aquellos peces también podían nadar, aunque como los delfines y las ballenas tenía que salir de vez en cuando a la superficie para respirar, ya que no tenían branquias como los demás.

Aquel pez de la playa que debía de ser un niño como él ya que no era muy grande, comenzó a nadar ágilmente hacia donde el estaba. Cuando hubo llegado justo delante de sus narices, aquel niño de la playa se paró y se quedó mirando fijamente a Coral. Y es que aunque no os lo haya dicho, no existía en el mundo un arrecife más bonito que Coral. Aquel niño de la playa subió a la superficie, tomo aire para volver a sumergirse de nuevo y cuando estuvo otra vez delante de Coral, cogió una especia de garra muy brillante que llevaba atada a la cintura y de un solo tajo separó a Coral del resto del arrecife.

A Coral no le dio tiempo de reaccionar y quedó inconsciente durante muchos, muchos días. Cuando por fin despertó se dio cuenta de que ya no estaba en el fondo del mar, sino que colgaba del cuello de aquel niño de la playa. Coral lloró de pena y de dolor porque ya no estaba en su arrecife rodeado de todo lo que amaba, de todo lo que había en el fondo del mar. Pero aquel niño de la playa era un niño especial, aquel niño no paraba nunca de viajar y Coral fue sintiéndose cada vez mejor y más feliz. El niño siempre llevaba colgado de su cuello aquel trozo de arrecife que era Coral, se hicieron inseparables, y a cualquier parte del mundo donde él fuera, Coral siempre lo acompañaba. Así fue como Coral, el mas bonito de todos los arrecifes, cumplió su sueño de viajar, de ver mundo, de ver lo que hay allá y más allá de los mares y lo océanos y de las dunas de blanca arena. Recorrió países grandes y pequeños, bosques y desiertos, grandes ríos y montañas, lagos y lagunas, vio tantas maravillas como había en el planeta tierra, pero según pasaban los años fue sintiendo cada vez más gana de volver a su arrecife. Quería volver a ver los preciosos pececillos de colores, la majestuosidad del tiburón, la elegancia de la tortuga, sentir la fuerza del mar en su piel, pero sobre todo tenía ganas de volver a formar parte de aquel maravilloso arrecife del que había salido. Coral, después de tanto y tanto viajar, se había dado cuenta de que su hermoso arrecife era una de las maravillas del mundo y que ella no se había dado cuenta hasta ahora.

Así fue como Coral, después de viajar alrededor del mundo entero, regresó a su arrecife del que ahora si sabía que era una maravilla más.

Y colorín colorado, con este cuento contado he adelgazado.

 

2 Comentarios

  1. Y en el que debía permanecer, ya que los corales no se deben arrancar! 😉

    Porque si no, los perderemos… Ya que un coral muere al abandonar el mar.

    • Jamás se debe de arrancar un coral, Irene. Solo en los cuentos, en donde todo es posible, podemos dejar que pasen estas cosas para enseñarnos otros valores.
      Un saludo y gracias por tu comentario.

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  1. Sueños | elmundodepirulo220.com - […] que escribo son sobre personajes que quieren conocer mundo. ¿Cuántos años hace que escribí el cuento de Coral, el…

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