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ABC. Annapurna Base Camp.

por Sr. Pirulo

Soñar es gratis y yo llevaba soñando con pisar los Himalayas desde que sé que existen.

Aquel era mi momento y estaba con la persona adecuada. Cumplir un sueño es una actividad de alto riesgo y tener a la compañera perfecta al lado es un valor añadido.

Dos locos por Nepal que no saben organizar un viaje sino que van «a verlas venir». Espero que ella haya cambiado y ya planifique algo más, creo que se ahorra uno muchas situaciones disparatadas, porque yo lo estoy intentando, aunque sin mucho éxito.

La casualidad, el destino o las propias montañas nos hicieron acercarnos a esta ruta del ABC cuando teníamos prevista otra. Aunque nuestra primera opción fue siempre hacer un Base Camp, ya fuera el del Everest o del Annapurna, nos decidimos por hacer el Circuito de los Annapurnas.

Viajamos en bus desde Katmandú a Besishahara durante unas infernales 7 horas, inicio de nuestra ruta. La insistente lluvia, los precios desproporcionados de los 4×4 para sortear las partes inundadas, lo antipático que fue todo el mundo con nosotros, las cucarachas y me imagino que una mala energía que nos invadía nos hicieron replantear nuestro viaje y tomar dirección a Pokhara. Aquel no era nuestro viaje y decidimos cambiar el rumbo.

En Pokhara compramos un mapa topográfico y escogimos hacer el trekking del Annapurna Base Camp. Esto era el destino, este sí era mi sueño. Nunca olvidaré aquella pregunta: ¿sin guía? Yo miré el mapa, y le conteste: sin guía. Esto no tiene perdida. ¡Gracias por confiar en mi!

Fuimos en taxi desde Pokhara hasta Nayapul, donde empezamos a caminar haciendo nuestra primera parada en Kyumi tras cinco horas y media de caminata. Durante el trayecto nos encontramos a un italiano que nos dio un calcetín con sal para las sanguijuelas, (sí, sanguijuelas), que nos acompañaría como uno mas durante todo el trekking.

Aquella primera noche la recuerdo como algo muy íntimo. Después de cenar nos fuimos a nuestra habitación. Un lugar no demasiado acogedor pero suficiente para nosotros. Recuerdo dormirnos con el sonido de un arroyo que pasaba justo por debajo de nuestra ventana y con el pensamiento puesto en que nos adentrábamos en algo desconocido y enorme.

La mañana siguiente no trajo al dios Sol para saludarnos. Seguía lloviendo y todo apuntaba a que no iba a parar. Hoy nuestros enemigos serían las sanguijuelas y ya nos habían advertido de que íbamos a pasar por sus dominios. ¡Y así fue!

A media mañana nos encontramos un pequeño paraíso llamado Himalpani. Ahí paramos, Irene se tomó un zumo de manzana y yo una Coca-Cola. No recordaba que me hubiera apetecido tomar una antes en toda mi vida.

Transcribo textualmente de mi cuaderno de notas: «La figura del porteador en chanclas, normalmente con pantalones cortos, silenciosos a su paso y cargados hasta las manillas es imponente.

Hemos revisado el mapa y estamos en la segunda noche, una y otra vez. Las opciones son múltiples y hay que tener en cuenta factores como el dinero, sólo se puede pagar en metálico, la altitud y la ropa mojada. Aquí no hay manera de que se seque nada. Igual hoy hubiéremos tenido que andar hasta el siguiente lugar pero estábamos tan mojados…»

Esa segunda noche dormimos en un lugar llamado Namasté en Jhinu después de caminar 4 horas y 45 minutos de subida. Fue nuestro particular 5 estrellas antes de acometer un trekking durísimo tanto en lo físico como en lo emocional. A partir de entonces tuvimos que luchar contra el agua, el agotamiento, la psicosis de las sanguijuelas, ya me había picado una, el mal de altura, la precariedad de los lodges y el estar todo el día mojados. Sólo por la noche tras una ducha, a veces a cubazos, a veces fría y alguna vez caliente, nos poníamos la única ropa seca que teníamos y que guardábamos como oro en paño. Bueno, Irene lo tenía todo mojado y se ponía ropa mía. Imaginaos las pintas. Pero eso era lo único que teníamos entre los dos.

Pero esa mañana, una ventana se abría en el cielo y desde una balconada del lodge pudimos ver, mientras llenábamos calcetines, zapatos y dobleces de los pantalones de sal contra las sanguijuelas, al imponente Machapuchare. La montaña sagrada. Esto era un buen comienzo y nos llenaba el alma de alegría. La cual duró muy poco, porque es sólo empezar a caminar y se suben escaleras durante más de dos horas.

Recuerdo aquel día como uno de los más hermosos de mi vida. Recuerdo de gozarlo y disfrutarlo a tope. No os perdáis este tercer video porque me paro en una pequeñita escuela de montaña a hacerle unos globos a los pequeñajos. Después de aquel hermoso ratito seguimos caminando y de nuevo empezó a llover. No sé que nos ocurrió entonces, quizás la altitud, quizás el frío, quizás hambre… Paramos en un lugar llamado Sinuwa en un enclave donde en principio no cabe un lodge pero que sí que cabe. Irene con frío y con malestar general y yo haciéndome el «machito» pero también muy agotado física y psicológicamente. Son en esos momentos donde tienes que pelear por alcanzar tus sueños.

Aquella noche, cuando llegamos a Bamboo donde pasaríamos la noche, hubo un momento de duda. ¿Merece la pena? Era el tercer día en el que caminábamos empapados. El momento de la mañana en el que te pones tus calzoncillos/braguitas, tus calcetines, pantalones, camiseta y botas mojadas no tiene desperdicio. Se hace duro.

«Las montañas siempre van a estar ahí, lo importante es que tú y yo estemos bien». ¡Mañana seguimos!

Aquel cuarto día de trekking se nos hizo especialmente duro. La lluvia no daba tregua. La noche fue mala por ciertos huéspedes que teníamos en la habitación y por aquella torrencial forma de llover. Tuvimos un paso muy complicado de un puente en el que nos advirtieron de que tuviéramos mucho cuidado porque venía con mucha agua y muy fuerte. Realmente fui un momento delicado pero que supimos afrontar con calma y decisión.

Esa cuarta noche fue muy especial porque conocimos a dos grandes personas con las que hoy todavía tengo contactos. Javi y Gerard son dos catalanes con los que me unió el Annapurna. A día de hoy Javi lo dejó todo y está viviendo en Milán con su novia, Gerard se encuentra en estos momentos en algún lugar de Colombia recorriendo Latinoamérica, Irene vive en Barcelona con su proyecto de Divulgación Científica que es una pasada y yo sigo soñando con nuevas aventuras y retos. Aquel lodge, Deurali, nos unió para siempre.

Un día más y llegaríamos al Base Camp. Gerard y Javi intentarían por la mañana dejar las mochilas en el lodge y hacer un intento sin peso de subir y bajar en el mismo día para salir de allí cuanto antes. Creo que estaban, igual que nosotros, hartos de tanta penuria. Nosotros tuvimos una larga charla aquella noche valorando las opciones. Al final decidimos partir con mochilas por tener autonomía e ir decidiendo sobre la marcha. El gran problema que se nos planteaba era que el mal tiempo no estaba dejando ver las montañas una vez en el Campo Base del Annapurna. Unos bajaban felices porque se había abierto una ventana en el cielo al amanecer y habían podido ver a esas grandes montañas, pero otros bajaban habiendo visto sólo nubes y más nubes. Este fue el caso de Gerard y de Javi.

Ese día la altitud se hizo notar. A Irene se le empezó a dormir la cara, a perder sensibilidad. Yo había comprado unas pastillas para el mal de altura en Katmandú que nos vinieron genial en ese momento. Caminábamos cerca de los 4000 metros de altitud.

Hubo un momento que era tanta la niebla que no veiamos bien dónde estábamos. Ya casi no subíamos, prácticamente llaneábamos. De pronto apareció un cartel: «Annapurna Base camp». Pero allí no había nada. Entonces la niebla levantó un poco y pudimos ver los lodges.

Lo primero fue entrar en calor y ver cómo se reían del chaval que nos habíamos encontrado en el camino sus propios compañero (tienes que ver el video), al que invitamos a un té. Estaba el pobre aterrorizado de frio y de miedo. Era su primer vez como porteador.

La tarde se hizo larga y la noche más. Cuesta un poco dormir a 4130 metros de altitud. Recuerdo que me levanté varias veces en la noche para ver si las nubes nos dejarían ver las montañas.

Se cumplió un sueño. Al amanecer, en pijama, con mucho frio, pudimos ver al Annapurna.

Lloré, ese día lloré, aquella mañana lloré. Lloré por el esfuerzo realizado, lloré por tanta hermosura, lloré por haber cumplido un sueño y lloré por haberlo podido compartir. Gracias. Eternamente agradecido.

Hay lugares en el Mundo a los que sabes que tarde o temprano volverás. Pues este es uno de ellos. Pasan los días y las banderas de oración colgadas en el salón de mi casa me recuerdan a diario que a esas montañas tengo que regresar.

Gente del Mundo. Los sueños se cumplen, tan sólo tienes que ira por ellos!!

Gooooooooo

PD: Estos son los hoteles donde nos quedamos Hotel en Pokhara Hotel en Katmandú

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